CUENTO: El rostro de Gaya, por Yoss

Para Aymara.
Porque la idea me vino a la mente
hablando por teléfono contigo, niña.


Imagínate un artista plástico de estos tiempos. No de esos conceptuales, que tras pintar un cuadro con tres pinceladas escriben un libro de 500 páginas justificándolo, sino de los otros.

De los realmente talentosos, pero además tan fascinados por la tecnología que desde que descubrieron el ordenador nunca han vuelto a tocar un pincel.

No diré su nombre. Ni falta que hace.

Pero imagínate que de algún modo está obsesionado con las ciudades como expresión máxima de la convivencia humana moderna. Y que así como hay uno que ha llegado a la fama envolviendo en plástico grandes edificios en distintas metrópolis y otro que lo consiguió fotografiando desnudos multitudinarios también en algunas grandes urbes del mundo (y tampoco diré los nombres de esos, pero supongo que sí sabes quiénes son…), éste ha logrado el éxito captando el rostro de las ciudades.

Pero no se limita a tirar cientos ni miles de fotos de rostros en cada ciudad y luego exponerlas todas en una galería o formar un collage gigante con ellas.

No; utiliza un software state of the art que reconoce y captura todas las imágenes de rostros referidas a una ciudad dada. Las que aparecen en su TV local, en las cámaras de circuito cerrado de sus centros comerciales, las que quedan en la memoria de los ordenadores de sus estudios de revelado de fotos digitales, las que se envían por los teléfonos celulares, por las webcams de los chats de Internet…

Decenas de miles cada segundo. Entonces, con otro software básicamente similar al que emplean los retratos-robot policiales, las funde en un único rostro. Y voilà: el milagro está hecho. Del simple promedio de rostros masculinos y femeninos, jóvenes y viejos de distintas razas que la habitan, ha nacido el rostro de la ciudad.

Imagínate muestras, premios, reconocimientos… y que un día, durante su tiempo libre, alguien casi literalmente da de bruces con la exposición Rostros de las Ciudades, y se le ocurre una idea tan interesante, traviesa y original que solo puede ser genial.

Ese alguien, además, no es un cualquiera, sino todo un graduado en Sociología de Harvard y además doctorado en Oxford de Antropología Poblacional. De esa clase de científico serio cuyo nombre ni reconocerías al oírlo, porque no pierde su tiempo apareciendo en TV como autoridad en los talk shows estilo Oprah Winfrey, sino escribiendo sesudos artículos que además de él no es capaz de leer ni otra media docena de especialistas en todo el mundo. Sus otros hobbies son coleccionar Ph.D de media docena de universidades europeas y soñar con el codiciado premio de la Academia Sueca.

¿Te imaginas ya qué clase de idea traviesa y genial fue la que tuvo?

Supongo que no. Así que te lo diré directamente, y en pocas palabras:

Utilizar el software del artista a una escala mayor. No metropolitana, ni siquiera nacional, sino global. Planetaria.

O, en menos palabras todavía: lograr ver el rostro de la Tierra.

Sigue imaginando que el científico en cuestión, además de talentoso en lo suyo, tiene una… digamos que habilidad secundaria, o si lo prefieres, sexto sentido para esa tan importante y menospreciada fase de toda investigación que es obtener fondos, subvenciones y patrocinios.

Así te resultará más fácil aceptar que, solo tres meses después de su visita a la exposición, y bajo el mecenazgo de la Microsoft y Bill Gates, de Donald Trump, la NASA y una buena media docena más de instituciones de esas cuyos directivos pueden firmar cheques con seis ceros sin ponerse bizcos, el científico, apoyado por un equipo de sabios casi tan sesudos y laureados como él, logra al fin echar a andar (y en el más absoluto secreto) el proyecto Rostro de Gaya.

¿Qué o quién es Gaya? Por favor… espero que sea una pregunta retórica. Porque si no sabes la respuesta, casi mejor que ni sigas leyendo…

Bueno, bueno, seré magnánimo, porque al fin y al cabo existe una lejana posibilidad de que hayas estado preso e incomunicado los últimos diez años, que seas uno de esos mutantes que además de ser alérgico a los mass media en pleno nunca conversa con nadie, o que estuvieras de viaje por el Amazonas o por el cosmos.

Gaya, hijo mío, es el espíritu de la Tierra, o si lo prefieres la Tierra misma considerada como un superorganismo, para algunos incluso consciente. Un concepto muy ecológico, hippie y New Age que fue enunciado por primera vez por… no importa; quedamos en que nada de nombres, ¿no?

¿Ya captas de qué va la cosa? Pues sí. De eso mismo.

De tomar TODOS los rostros que aparecen en TODOS los medios informáticamente codificables de la Tierra en un momento dado, y mezclarlos en una única cara que sería la media étnico-poblacional de todos los habitantes de nuestro muy atestado planeta. El rostro de Gaya.

Supongo además eres lo bastante listo como para darte cuenta de que, en términos de sofisticación de software, el asunto resulta ser mucho más fácil que lograr el rostro de una ciudad específica. Hay que usar un algoritmo más simple, que discrimine menos.

Pero mucha más potencia de cálculo, eso sí. Tanta, de hecho, que algunos sabios llegan a decir, medio en broma y medio en serio, que probablemente habría bastado para responder de una vez y por todas el viejo enigma bizantino de cuántos huevos de ángel caben en la punta de un alfiler.

Cree en mi palabra: fue más bien complicado disponer en una red única a varios centenares de las computadoras más potentes del momento. Y además un poco caro. Kilómetros de fibra óptica, servidores de gran capacidad, baterías de back-up suficientes para alumbrar una aldea pequeña, etc. Pero, ya sabes: ¿qué no puede resolverse con suficiente dinero y contactos en este mundo? ¿O en el otro?

Imagínate entonces unos mil millones de rostros procesados para lograr una imagen común… Sí, ambos sabemos que la población actual del tercer planeta del Sistema Solar rebasa ligeramente los seis mil millones de habitantes[1], pero considera que los otros cinco mil millones viven en sitios donde Internet no existe, así que no tienen modo de que sus rostros figuren en ella. Y en todo caso, incluso un sexto de la población total de la Tierra debería ser bastante representativo, ¿no?

Entonces, ya tenemos el rostro de la Tierra en un momento dado… y resulta ser el de una mujer. Pero no te imagines un rostro femenino común. Nada de eso.

Es… la cara de una diosa. Hera, Minerva, Vesta, quizás Ishtar o hasta la Virgen María. Cabellos largos y ondeados, óvalo facial perfecto. Caucásica, pero con la piel tostada. Madura, no es ya una jovencita, pero sobre todo, inhumanamente hermosa, con una expresión a la vez serena, majestuosa… divina, en fin. Pero también… triste.

Bueno, tal vez dirás que no está tan mal como rostro de la Tierra, ¿no?

100% de acuerdo contigo. Pero resulta que ese no es el problema.

El problema es que el programa Rostro de Gaya, siendo capaz de procesar mil millones de rostros, o sea, varios trillones de rasgos faciales o variables AL UNÍSONO, puede actuar en TIEMPO REAL.

¿Captas el quid de la cuestión? TIEMPO REAL. O sea, que resulta que, dado que cada segundo entran algunas caras en Internet y salen otras, se esperaba que el rostro de la Tierra cambiase obedeciendo a tales fluctuaciones. Más o menos como en aquel famoso video de ese superastro pop (tampoco mencionaré su nombre… baste decir que cantaba desde pequeño con sus cuatro hermanos, cuando era negro, que luego se convirtió en blanco y que adora a los niños… quizás demasiado) en el que una cara se iba transformando de femenina en masculina, de asiática en africana, en nórdica, en mestiza… ¿Ya te ubicas?

Pues, el problema es que no pasa nada de eso.

En tiempo real, el rostro de la mujer serena, majestuosa y algo triste persiste.

PERSISTE, ¿entiendes? Contra toda lógica, sigue siendo siempre el mismo.

Lo único que cambia es la expresión de sus labios. Como si hablara.

Imagínate entonces que, por pura coincidencia, en el competentísimo equipo reunido para su proyecto por el científico de la idea hay dos o tres especialistas que saben leer los labios. Y que comienzan a transcribir las palabras de Gaya, como lógicamente apodan todos ipso facto al inexplicable e imponente rostro femenino.

¿Que qué dice? Probablemente imaginas que recita algún texto antiguo, místico, trascendental. Versículos del Antiguo Testamento en arameo. El Mahabharata en hindi. El texto original de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. La Ilíada en griego clásico. El Quijote en español del Siglo de Oro. Las cotizaciones de Wall Street para el día siguiente, con el Dow Jones y el NASDAQ bien detallados…

Pues no. Nada de eso. En su mayoría son palabras aisladas. Al máximo, frases cortas. Pero pronunciadas, eso sí, en TODOS los idiomas.

En español: BASTA. En inglés: ENOUGH IS ENOUGH. En italiano: NON CHE LA FACCIO PIÙ. En francés: JE SUIS TRÈS FATIGUE. En ruso: POSCHADITIE.

¿Y entonces?

Pues que el proyecto se cancela, que no se habla más de él porque se clasifica de ultra secreto y se amenaza con instruir cargos de alta traición a todo el que divulgue sus resultados, que se dispersa el equipo. Debió ser un error de procedimiento, señores, no se preocupen, analizaremos meticulosamente los datos obtenidos en la experiencia y les avisaremos cuando lleguemos a una conclusión. Y mejor esperen el aviso sentados.

Pero claro, como supondrás, no por eso se desmonta la red de supercomputadoras. El científico que tuvo la idea original permanece vigilando el monitor donde el rostro de Gaya sigue pronunciado sus palabras incansable, veinticuatro horas por veinticuatro, y lectores de labios políglotas de la CIA, el FBI, la NSA y otras serias agencias por el estilo se relevan descifrando y tomando nota de cada término que forman los labios de la ¿personificación de la Tierra?

Imagínate que así pasan años, sin cambio.

Hasta que un día, la expresión del rostro y el vocabulario de Gaya cambian.

Ya no más tristeza ni majestad herida. Ya no más en italiano SONO STANCA, ni en inglés PLEASE, BE PITIFUL, ni en español POR FAVOR, PAREN.

Sino, de pronto, una determinación tan feroz que roza la ira:

En inglés: REVENGE. En italiano: VENDETTA. En francés: VENGEANCE. En español: VENGANZA. En alemán: RACHE. En portugués: VINGANÇA. En ruso: MYEST’.

Y en todos los idiomas, solo, siempre, la misma palabra.

¿No te asusta eso?

¿Todavía no?

Entonces mira por la ventana. Mira a la TV. Mira el calentamiento global que derrite los glaciares, eleva el nivel de los océanos y ha ya inundado a Venecia, New York, Tokio y tantas grandes ciudades costeras. Considera las epidemias del SIDA, la gripe aviar, el ébola. El aumento de los terremotos y erupciones volcánicas. El incremento del ritmo de la deriva continental. La pérdida de la fertilidad de los suelos, la creciente vulnerabilidad a nuevas plagas de especies animales y vegetales domesticadas por el hombre y de las que depende directamente su alimentación. Recuerda cuándo viste por última vez un cielo con estrellas a través del esmog.

Y ahora saca tus propias conclusiones. No quiero influirte.

Solo te daré un dato… aquel científico que tuvo la idea original soy yo… y ya estoy muerto de miedo.

De paso, déjame preguntarte: ¿conoces a alguien que venda algún pasaje para viajar a otro planeta ya mismo? Prometo cuidarlo mucho, mucho, mucho…

[1]Este cuento fue escrito en 2012, por ello la discrepancia con la población actual del planeta, que ya superó los siete mil cuatrocientos millones de personas, y con las personas que tienen acceso a Internet, que eran más de tres mil quinientos millones en 2015. Afortunadamente las cifras no alteran el sabor de esta historia. (N. de la E.)

© 2017 Yoss

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Conversación en la Forja

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